Cuando los parlamentos pierden el sentido de su responsabilidad

Los regímenes absolutos clausuran los Parlamentos
porque tienen una concepción también absoluta del
bien público, que detesta la transacción, como un cisma
hecho a la exclusiva y excluyente verdad del poder.”
Alberto Lleras Camargo (1906-1990, político colombiano)

Los parlamentos, se entiende, surgieron en la Borgoña francesa como una reacción opositora del pueblo y de la misma iglesia a la opresión impuesta por los señores feudales en el siglo X. La palabra parlamento viene del francés parlement, de parler sinónimo de hablar. Es importante recalcar que el parlamento surgió para hablar, discutir y acordar, pero donde cada parte expone sus puntos de vista y propuestas.  

Los miembros de un parlamento son aquellos elegidos por el pueblo directa o indirectamente, para así representar las diversas opiniones populares en ese órgano legislativo. Sus facultades son enormes, ya que pueden remover al jefe de Estado en caso de incompetencia o negligencia, pero lo más importante es la discusión de las propuestas de desarrollo y orden en la sociedad.

El buen parlamento es el que discute medidas para mejorar la vida de sus ciudadanos, como puede ser la seguridad social, la alimentación y su calidad, la vivienda, la salud y educación pública, la política laboral, las pensiones y otros aspectos más.

En grandes países compuestos de comunas o cantones, suele haber un parlamento nacional y otro comunal. Lo importante es que existan y funcionen.

No es intención de este artículo escribir un tratado sobre los parlamentos, pero sí hacer comentarios de cómo en muchos lugares de este planeta esos órganos funcionan poco o lo hacen mal.

En las dictaduras o tiranías los parlamentos también existen, pero la vida ha demostrado que ese órgano en tal sistema no es más que maquillaje para encubrir sus formas opresivas. Da risa ver como a las propuestas se les da un casi 100% de aprobación, como si todos pensaran igual o sencillamente no piensan, ya que hay un otro que se encarga de pensarlo todo para todos, una especie de Dios omnipotente en la Tierra, el que se encarga de imponer, con su voluntarismo, cuantas medidas le vengan en ganas a fin de lograr sus objetivos, que no son otros que mantenerse en el poder y disfrutar de una vida que no está al alcance del pueblo.

En esos parlamentos, sus miembros suelen tener algunos privilegios, que los estimulan a seguir en el jueguito de “en boca cerrada no entran moscas”. El Soviet en la URSS y los parlamentos en sus satélites del Este europeo fueron ejemplos de esa “democracia” encubierta. En esos países, como los pocos que actualmente siguen por ese camino, los métodos de selección de candidatos a las asambleas y parlamentos se hacen de dedos por la máxima autoridad del país, que bien puede ser el único partido permitido o lo que diga el jefe supremo.

Un amigo en broma me decía que esos parlamentos estaban integrados por focas, las que aplaudían todo el tiempo con el agua al cuello. Es cierto que en las dictaduras un parlamento no es más que una burla, donde incluso un voto discrepante puede ser fatal para quien lo realice.

En realidad, muchos pensadores y gobernantes nunca creyeron en la necesidad de los parlamentos. Para Lenin no eran de utilidad, Hitler y Göring no se alejaban mucho de ese criterio. Incluso Pablo Iglesias, el fundador del Partido Socialista en España declaraba en 1910: “es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos. José Antonio Primo de Rivera, abogado y político español, primogénito del dictador Miguel Primo de Rivera y fundador de la Falange Española, por su parte, afirmaba: “¿Qué nos importa el Estado corporativo; qué nos importa que se suprima el parlamento si esto es para seguir produciendo con otros órganos la misma juventud cauta, pálida, escurridiza y sonriente, incapaz de encenderse por el entusiasmo de la Patria, y ni siquiera, digan lo que digan, por el de la Religión?

Dictadura es una cosa y democracia representativa es otra, las que son sistema de la totalidad de los países de la Unión Europea, de Reino Unido, de Norteamérica, Japón, Australia, Nueva Zelanda y otros donde también se ven cosas raras. Parlamentos que no se sabe si se sientan solo a polemizar y a burlarse unos de otros.

De muy mal gusto es cuando uno ve a un parlamentario hablando o replicando y hay otro haciendo señas de burla o mostrándole cartelitos. ¿Qué es eso? Los partidos tienen diferentes puntos de vista, eso está más que claro, pero las diferencias se discuten. Usualmente el partido en el poder trae una propuesta, la que puede ser imperfecta y requiere de señalamientos para su corrección. Si la discusión es de “tú no sirves, quienes servimos somos nosotros”, eso de parlamento no tiene nada, de solar de barrio bastante.

Hay parlamentarios con autoridad, pero no abundan. Esos con autoridad utilizan los datos existentes y los ponen arriba de la mesa. Sucede que el opositor no sabe ni de lo que se habla y termina callando. Si algo no es cierto, hay formas de decirlo, como también de reaccionar con una propuesta concreta.

Los grupos parlamentarios que así funcionan muestran poca capacidad para gobernar si algún día llegaran al poder. Muchos de ellos muestran un escaso nivel cultural, eso incluso con personajes con títulos universitarios. También están los eternos críticos, los que no proponen nada, solo criticar y criticar y sin argumentos, los que piensan llegar a la cima olvidando que hay millones de votantes detrás de los distintos partidos a los que deben respetar. Cuando eso ocurre es de pensar que esos críticos lo que menos les interesa es el pueblo.

Si bien se ven estas cosas, no es menos cierto que hay muchos otros países, donde la polémica se desarrolla de manera civilizada y termina al final con una conclusión de medida a adoptar, ejemplo que debería ser imitado por todas las democracias.

Escrito por RL, 31 octubre de 2021.

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