“Lo peor que nos puede pasar es que no pase nada”.
Padre Alberto Reyes, arquidiócesis Camagüey
Este debate sobre la democracia no es nuevo. Desde que los bolcheviques llegaron al poder en 1917, Lenin y el partido que dirigía entendieron que había una toma de poder, la que implicaba el establecimiento de la llamada dictadura del proletariado, en cuyo proceso el partido al mando sería el orientador del rumbo de ese nuevo tipo de democracia. Los partidos políticos fueron abolidos, mientras que los tres poderes quedaron a merced del partido gobernante, único admitido. Todos tenían que pensar igual, margen de crítica poco o ninguno, de hacerlo entraría en la lista de los confusos o desorientados.
En la URSS como en el resto de los llamados países socialistas europeos se implantó este sistema, con la diferencia que Moscú les daba órdenes a esos gobiernos de lo que podían o no hacer. Eso quedó comprobado en 1956 en Hungría, varias veces en Polonia y en 1968 en Checoslovaquia. Todo el que se saliera del guion establecido corría el riesgo de intervención.
En Cuba lejos de ese mundo se optó por una variante soviética a la criolla. Partido único, orientador y controlador de todos los movimientos en la sociedad. Prensa completa en manos del estado, con censura diaria de aquello que se saliera de los límites establecidos. La cultura no escapó, como dijera el comandante: “con la revolución todo, sin ella nada”.
La economía cubana después de varias pifias hasta 1970, como fueron el cordón de la Habana, la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar y otros planes inventados en el aire, se vio necesitada de reforzar sus relaciones económicas con ese campo socialista lejano, para así asegurar casi todo lo necesario, desde petróleo hasta pienso para el ganado.
Esa dependencia quedó clara cuando la URSS desapareció en 1991. Ya no había padrino para subsidios, y el país tenía que arreglársela como fuera. La máxima dirección de gobierno y partido se decidió por establecer un estado de guerra en período de paz, el mal llamado especial. No había economía, vivimos con el cuento de un desarrollo artificial.
Era hora para que Cuba cambiara su orientación económica, reforzara sus producciones internas y buscara nuevos mercados. Algunas medidas se adoptaron, tímidas, una de ellas fue la de legalizar el dólar y otras divisas a mediados de la década de los 90. Muchos dirigentes de mediano y alto rango del gobierno propusieron medidas, las que, si se salían de lo que pensaba la máxima autoridad, eran desechadas.
En un régimen como el cubano uno no puede pensar distinto y no tiene derecho a expresarse públicamente. No tan solo que lo diga en la calle, es que se prohíbe hacerlo saber por los medios televisivos y radiales disponibles, y si se escribe, pasará un mal rato.
La democracia en varios países tiene sus imperfecciones, es cierto. Uno ve como el poder judicial a veces falla inadecuadamente, como los parlamentos discuten y no se orientan a resolver los problemas, pero aún siendo así es incomparablemente mejor que el sistema cubano, donde el parlamento se reúne un par de veces al año y las resoluciones son aprobadas por 99,99% y con frecuencia por el 100%. Todos aplauden y cuidado con oponerte. Esa es la democracia cubana, la que para colmo tiene una constitución que no está en función del pueblo, sino de una doctrina, por cierto, por antojo de los mandamases de apellido Castro.
Decía el presidente electo de a dedo en Cuba: “Aquí hay un solo partido, pero que trata de representar a todos los intereses del pueblo cubano”. No sé a quién representa, pues hay más de dos millones y medio de personas fuera de Cuba más otros tantos dentro que no se ven representado por ese partido, ni por su gobierno. No se necesita partido que represente los intereses de EE. UU. en Cuba, vamos a dejarnos de inventos de monstruos. Se necesita partidos que respondan a la opinión de los cubanos y a sus necesidades, pues el actual es gobernado por una cúpula de lo que conocemos como “vive bien”, muy alejados de lo que sufre la población.
Todo el lenguaje del presidente de a dedo se reduce a hablar del bloqueo, algo que no niego que afecta enormemente. El bloqueo establecido por la administración en Washington D.C. es sencillamente criminal, pero no se crea que este maltrato quita responsabilidad del otro maltrato, el interno, con dirigentes como él mismo que no hacen nada, palabritas y descargan toda su ineficiencia en el maltrato externo. Ambos tienen culpa y no poca.
El presidente de a dedo quiere hacer ver que para llegar a la Presidencia primero es necesario convertirse en diputado de la Asamblea Nacional y posteriormente recibir el respaldo del Parlamento. Es cierto, pero no dice cómo se llega. Se lo voy a decir, el partido escoge a X candidato para que se convierta en delegado de una circunscripción, acto seguido cita a la militancia de esa área y les hace saber que ese es el que tiene que salir, lo que implica que los militantes deben hablar lo suficiente en asambleas de barrio para que la masa acepte a esa persona como delegado. Finalmente vienen las elecciones y gana siempre, a veces por pelitos, el candidato en cuestión, ya que parte de la masa que vota, no es que acepte al candidato. Lo que digo aquí fue lo que sucedió en mi circunscripción en la primera elección del delegado al Poder Popular, el que salió electo y luego llegó a ser el presidente municipal del poder popular, a su vez miembro del provincial y candidato teóricamente a ser electo presidente de la asamblea provincial. El partido maneja todos los hilos y a esos puestos llegan sus escogidos.
Llegar a la asamblea nacional es una escalerita, cuyo paso lo facilita el partido. El presidente de la asamblea ya está escogido por el partido y una vez concluido este proceso, se pasa a conformar el consejo de estado, cuyo presidente se sabe quien es. Antes fueron los hermanos Castro, ahora es el presidente de a dedo, con la diferencia que no tiene el poder de los anteriores y funciona al estilo de un títere.
Lo que dice sobre el sistema estadounidense, que el candidato que obtiene más votos a escala nacional no necesariamente gana la Presidencia debido al sistema del Colegio Electoral, es cierto, pero a los cubanos lo que les interesa es Cuba y no estar mirando los defectos ajenos, utilizados para desviar la atención y justificar los malabares del régimen dictatorial en el que vive el país.
Fíjense adonde llega el desparpajo, que el fiscal general avisa a la población que en casos de desobediencia se puede aplicar la pena capital, tal y como establecido en el Código Penal (Ley No. 151 del año 2022), el cual sustituyó a la anterior ley de 1987. Él no dice a nadie que la pena capital en la Unión Europea no se admite, pero se toma el trabajo de criticar a su democracia.
Que no se diga que la fórmula de elección en Cuba es la misma que en otros países europeos, no mientan. Ya quisiera el pueblo cubano vivir con la mitad de la democracia que se vive en la Unión Europea, donde todo tampoco es perfecto, pero nunca comparable con el nivel de miseria que vive Cuba.
En Cuba no hay pluralismo, pero tampoco hay transparencia en la gestión de los órganos de gobierno y del Partido Comunista. Sus dirigentes viven su vida de manera distinta al resto de la población. Cuando en Europa u otros países de este mundo, la población se cansa del que gobierna por su ineficiencia, ahí están las elecciones que les permiten elegir una nueva opción gubernamental. En Cuba ya son 67 años con el mismo gobernante, se murió el primero, vino su hermano, y ahora está el escogido por el hermano, todos cometiendo errores. El primero experimentando con todo un país, palabras dichas por su nieto con mucho orgullo, además de la represión impuesta, donde se tenía qué hacer sólo lo que él orientara, así se equivocara una y otra vez, era un individuo egocéntrico, incapaz de una autocrítica; el segundo llegó hablando de correcciones y de un vasito de leche que nunca llegó, pura demagogia, superó en eso a Ramón Grau San Martín, y emuló como su hermano con Fulgencio Batista en eso que se llama represión. Llegó el actual presidente, el de a dedo, un personaje que no sabe qué hacer, inepto y carente de ética. Él no es el único, son varios los que están arriba, dicho en buen cubano. mamando de a bueno ¿Es eso democracia?
El país está destruido económicamente desde hace tres décadas, no de ahora que está el bloqueo criminal y absurdo de la administración de Washington, el cual solo afecta a la población cubana, al ciudadano de a pie, y no a los que gobiernan, cuya ética es muy parecida a la presidentica de Venezuela, la rápida cambia casaca. La industria azucarera la destruyó el líder máximo, las termoeléctricas no fueron atendidas, mantenidas y reparadas, los hospitales en condiciones penosas y poco higiénicas, en fin, el deterioro ha sido general, material e incluso moral.
El gobierno cubano no puede dar lecciones de nada, jamás les interesó el bienestar del pueblo. Si cuando comenzó la llamada revolución, se hubiera hecho todo en pro de mejorías económicas de las familias, viviendas, alimentación, transporte, electrificación, libertades individuales como las establecidas en la carta de los derechos humanos, podemos estar seguro que otros países de América Latina habrían seguido el ejemplo y, de ser necesario, habrían luchado por llegar a ese estándar de vida sin necesidad de guerrillas y gastos militares que los pagó el pueblo cubano en vano en la década de los 60.
Se habla de 176 medidas para cambiar la economía. Con la soga al cuello, todo es posible, pero mucho antes podría haber sido posible. Si no se hizo fue por ese temor eterno a perder el poder. De tan corajudos que se pintan, no han tenido el valor de seguir el curso, al menos en economía, que tomaron países como China y Vietnam, donde el régimen monopartidista impera, pero poseen una economía que es mil veces superior al sistema de miseria implantado con el mal llamado período especial, el que de especial no tenía nada, pero de monstruoso todo.
Antes de finalizar, reproduzco aquí algo de las palabras sabias del padre Alberto Reyes, quien ejerce en la arquidiócesis de Camagüey. Él afirmó que cada vez más cubanos han llegado a un punto límite tras décadas de crisis, represión y promesas incumplidas. Explicó por qué muchos en la Isla ven con otros ojos la posibilidad de una intervención que ponga fin al actual sistema. Reyes sostiene que los cubanos habrían escogido una salida dialogada y pacífica si el régimen hubiera mostrado voluntad de cambio, pero considera que las autoridades han respondido durante años con más sacrificios, más resistencia y ninguna solución real. El párroco de Esmeralda escribió: “El punto de mira de los cubanos no es la intervención militar en sí. El punto de mira es el fin de esta pesadilla”. “Lo peor que nos puede pasar es que no pase nada”. Triste realidad cubana, la que nadie puede esconder.
Ricardo Labrada
1 setiembre 2026
