Fútbol mundial: las travesuras de la FIFA

Los atletas tienen el derecho fundamental de acceder
al deporte en todo el mundo y competir libres
de interferencias políticas o presiones
de organizaciones gubernamentales.”
Declaración del Comité Olímpico Internacional (COI)

No parece que haya que comentar mucho de lo sucedido con la tarjeta roja que se le impuso a un futbolista nacido por casualidad en Brooklyn, Nueva York. Da risa en un país, cuyo mandamás se esfuerza a diario con su asistente, el calvo Stephen Miller, en quitarle la ciudadanía por nacimiento en ese país, y que se haya llamado al presidente de la FIFA, el lameculo Gianni Infatino para anular esa tarjeta y dar una esperanza de victoria a un equipo USA, que tiene más de amateur que de profesional.

No hace falta entrar en detalle de la falta. Por lo que vio el que suscribe, no había ninguna intención de lesionar al rival, así lo vi, pero aún así, el futbolista estadounidense metió el pie donde no debías y las reglas están para eso, algo que el prestigioso árbitro aplicó correctamente. Prestigioso, aclaro, ya que lo dicho por el solicitante de anular la falta, respecto al árbitro fue injusto y demuestra que él no sabe lo que habla.

Vino el alarde en el mejor estilo de Cheo Malanga de parte del mandamás estadounidense, “Na´, llamé a Infantino y le dije que revisaran la jugada, yo que soy sabio en todo, no vi falta”. Así más o menos relató a la prensa este mandatario lo que le dijo a Infantino vía telefónica, quien enseguida se puso a la orden y mandó a anular la tarjeta roja.

Cuando estas cosas suceden, el deporte se daña y no poco, el evento queda en duda y todo eso resta brillo al desempeño de los mismos jugadores del equipo beneficiado con esta chorrada.

Bélgica era el siguiente rival y de la noche a la mañana el mundo se volvió BELGA. Todo el mundo, excluyendo a la minoría de los trompitos, se puso de parte del pequeño país europeo y anfitrión de la Unión Europea.

Hubo entusiasmo inicial del equipo beneficiado, marcó limpio el primer gol, pero a partir de ahí se acabó el pan de piquito. Bélgica dominó a lo largo de la cancha y le dio goleada de 4-1. La alegría se hizo desbordante, bastaba leer los comentarios en las redes sociales. El cintillo era “Bélgica apabulló al equipo de EE. UU.”, muy cierto, aunque para ser justo, el fútbol en los EE. UU. no es ni siquiera el cuarto deporte a nivel nacional. Así que, si hubo pretensiones, de poco les valió.

Los jugadores belgas la hicieron incluso terminado el partido al bailar imitando al nada rítmico mandamás de EE. UU., con su canción preferida, YMCA. Realmente esto me dio más risa que los cuatro goles, uno de ellos anotado cuando el portero de EE. UU. le puso la pelota en las piernas de un delantero belga.

EE. UU., como era de esperar con justicia, fue eliminado, pero eso no es el problema, pues en los deportes se gana y se pierde, el asunto es la conducta cada vez más indigna del presidente de la FIFA, al que ya muchos le reclaman su dimisión.

Si dimite o no, nadie lo sabe, pero a sabiendas de las tantas sospechas o cargos potenciales que existen de su actitud al frente de esta organización, es de pensar que él diga que hay que darle fuego en las nalgas para que se vaya. Dentro de la FIFA es aún un personaje, fuera de ella, un juicio y un jurado lo encontrará culpable de esto y aquello otro. Hasta la copa de la paz que se inventó para regalársela al Cheo, le puede salir entre sus cargos. La FIFA está para promover el desarrollo del fútbol a nivel universal, pero no para meterse en asuntos de política y el suizo ticinense parece ignorar todo eso. ¿Qué hacía él en ese sospechoso buró de la paz en Washington integrado por multimillonarios y varios farsantes?

Si la FIFA no toma carta en el asunto, el fútbol saldrá más afectado de lo que está cuando se le concedió la sede a Qatar. Hay más tela para cortar, pero mejor dejarlo ahí. Tiempos mejores vendrán, seamos optimistas.

Esteban Romero
9 julio 2026

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